
Encajes, flores, cintas y joyas que adornan a las mujeres de Goya
Francisco de Goya, Josefa Bayeu (?), c.1814. Detalle de la manga
Un sombrero, una mantilla, la forma de coger un abanico o el resplandor de una joya son mucho más que adornos del vestuario femenino.
Influencias de Francia e Inglaterra
Las dos potencias que se disputaban la hegemonía de Europa eran las que también dictaban las últimas propuestas de vestidos y adornos: Francia con Mª Antonieta primero y Josefina Bonaparte después, e Inglaterra, con aires campestres y bucólicos.
En España, toda su influencia en la alta sociedad vino canalizada a través de París, y al mismo tiempo reinterpretada por el gusto nacional.
María Josefa de la Soledad, duquesa de Osuna, o La condesa de Benavente, 1785.
Considerada una de las mujeres más elegantes de la época, reinterpreta un modelo creado para la reina Mª Antonieta de Francia, en el que destacan los adornos de encajes y flores sobre la seda azul.
La anglomanía de la década de los ochenta tiene una prenda protagonista: la robe à l´anglais, popularizada por Mª Antonienta y la duquesa de Devonshire, de formas más cómodas y con la muselina blanca como tejido por excelencia, técnica importada desde los talleres indios a Lancanshire. 
Los duques de Osuna y sus hijos, 1787-88.
Mujer ilustrada, este retrato repleto de sencillez, recoge las modas inglesas, tanto en la composición como en la blanca robe à l´anglais de muselina (corpiño ceñido redondeado a la cadera y unido a la falda por detrás), cuyo único adorno son los botones esmaltados con escenas pictóricas.
Si hasta 1805 en las fiestas de la corte triunfaban los complicados patrones de la modista de la reina francesa, Rose Bertin, con faldas voluminosas, tontillos y tocados de pluma entre altos rizos, los nuevos aires políticos tienen a una nueva musa: Josefina Bonaparte. Trajes de talle alto con cola sobrepuesta, escotes y brazos al aire y peinados a la griega. 
La reina María Luisa en traje de corte, 1800-1801.
En esta ocasión la soberana luce un traje probablemente regalado por Napoleón, diseñado por la célebre modista parisina Mme. Nanette, es ejemplo de las nuevas modas que venían de París, más sencillas en el corte, pero igualmente ricas en las telas, bordados y joyas, entre las que destaca la Cruz Estrellada, creada por ella misma.
Era un vestuario de mayor sencillez y ciertas reminiscencias clásicas. En plena efervescencia del Neoclasicismo a fines del XVIII, la recuperación de la Antigüedad, su arte y su cultura, tuvo seguidores incondicionales: gasas blancas con su inseparable chal que acompañaban los trajes sencillos y lisos.
La marquesa de Santa Cruz, 1805.
Uno de los pocos modelos neoclásicos que encontramos en la pintura de Goya. Musa de la ilustración, sigue las modas arcaicistas, con una delicada túnica blanca y chal, junto adornos mitológicos en el tocado, que recuerdan a la Mme. Recamier de David o la Paolina Borghese de Canova.
Una tendencia que desde 1789, año de la Revolución Francesa, había comenzado buscando la simplicidad de cortes y tejidos. Aparece el abrigo y la pelisse o cabriolé, de seda, alta de cuello y entallada. Otra tendencia a la última: las mangas que se alargan hasta los dedos.
Joven con abanico, 1806-07.
La protagonista lleva los brazos enfundados en mitones blancos, quizá de cabritilla, con lazos en el antebrazo y que cubren sus manos hasta el nacimiento de los dedos, tal y como dictaban los estilos del momento. 
Doña Antonia de Zárate, 1811.
Retrato de la actriz en el que luce un tocado sencillo y de inspiración oriental, una de las modas francesas del momento, además del abrigo, prenda que incorpora al vestuario femenino.

Teresa Luisa de Sureda, c.1804-1806.
Vestida con la típica cabriolé en seda: traje cruzado de manga larga ceñida al puño, último grito en elegancia.
Todas estas influencias llegan a la península a través de las revistas, los figurines, e incluso de modistas extranjeras afincadas en la capital. Pero las españolas adaptan estos modelos al gusto nacional, no haciendo copias exactas sino interpretaciones en la que el las joyas y relumbre de los encajes de oro y plata serán las notas dominantes. 
Doña María Antonia Gonzaga, marquesa de Villafranca, 1795.
Retrato que resalta por su sencillez y carga de introspección psicológica. A pesar de los tonos grises y simplicidad del vestuario, destacan los adornos de lazos y el brillo del pendiente, joyas que la corte española apreciaba en cualquier momento.
La marquesa de Pontejos, c.1786.
Viste una versión personal de la polonesa francesa que mezcla con los adornos de flores y pamelas de inspiración inglesa.
El majismo
La maja, figura popular y descarada proveniente de Andalucía, era la imagen de la española por excelencia. Cargada de romanticismo, pictoricismo y un fuerte componente nacionalista hizo que su vestimenta tuviera adeptas en todas las clases sociales.
El pelele, 1791-92
Mujeres del pueblo vestidas como majas.
La chaquetilla sobre la falda hasta el tobillo y basquiña especia de sobrefalda -, que podía ir adornada con encajes, galones y volantes, permitía mostrar, con gran carga de coquetería, la media blanca y los zapatos bordados. El tocado se componía de redecilla, cofia de seda decorada con borlas o cintas, y a menudo velo o mantilla. Ya fuera negra o blanca, este complemento velaba con gracia y seducción la figura de la mujer, siendo todo un arte el saber lucirla.
Políticamente, además de la exaltación patria, se unieron dos factores para que la indumentaria del pueblo fuera motivo de debate. Por un lado, el proteccionismo alentó las producciones propias frente a las importaciones de modelos y tejidos, abogando por el uso del traje tradicional. 
Las lavanderas, 1779-80
Indumentaria de maja. Chaquetilla bordada con galones sobre camisa blanca, falda y basquiña azul de rayas.
Por otro, el debate sobre el lujo y las ideas de instrucción ilustradas, presente en toda Europa, también influyó en las costumbres y prendas que se usaban, prohibiéndose en determinadas épocas el uso de adornos o tejidos de lujo, faldas de color, etc. en busca de la imposición de un modelo único para todo el pueblo.
La gallina ciega, 1788-1799

Jóvenes aristócratas vestidos tanto como majas y majos como siguiendo las últimas modas inglesas y francesas.
Las damas de las clases sociales más favorecidas lucieron este atuendo tanto por su alto grado de seducción como por sus connotaciones políticas. Los ecos de la Revolución Francesa, que favorecieron las costumbres plebeyas, y la invasión de las tropas napoleónicas, a las que se respondió con la exaltación de símbolos autóctonos, hizo que damas como la duquesa de Alba, de Santiago y hasta la misma reina, se vistieran y retrataran como majas, se disfrazaran para fiestas de tal guisa, pero siempre aportando una mayor carga de riqueza en los materiales y adornos.
Doña Antonia de Zárate, 1805-06.
Aunque el traje es de inspiración francesa, se adorna con mantilla negra de tul de seda negra de fina textura y bordado, se considera uno de los mejores ejemplos de esta prenda realizados por Goya. 
La marquesa de Santiago, 1804.


Además de adornos dorados en las mangas que enriquecen el vestuario de maja, totalmente en consonancia con el descaro que se atribuye en vida a la retratada, destacan las bailarinas planas de cabritilla en color coral, último modelo de calzado del momento. Su falta de belleza se esconde tras el uso de polvos de maquillaje blanco y grandes coloretes, puestos de moda por la reina María Luisa.
La condesa de Fernán Núñez, 1803.
Tocada con la clásica mantilla negra española, la acompaña con un lujoso y decorativo adorno en rojos y dorados.


Francisco de Goya, Juana Galarza de Goicochea, 1810. Detalle de la manga








